8 de mayo de 2009

Cortinas



Casi cuatro meses después, no consigo actualizar regularmente. Y no es por falta de temas. Por hablar, podría hablar de lo cortas que son mis cortinas. Parece un tema anodino, pero podría valerme del argumento de que nunca se sabe lo que interesa a quienes pululan por la blogosfera, y agotar mi escasa inspiración en describirlas. Contar cómo la barra endeble, sujeta apenas por clavos, se dobla justo en el centro y empuja la tela hacia abajo, desvelando unas persianas que cierran mal y filtran los primeros rayos directamente hacia mi almohada, despertándome cuando el sol se eleva por encima del callejón, cuando duermo con más parsimonia.

Podría poner al día mi crónica de la vida nocturna en la ciudad, ahora mucho más familiar. Y hablar de caderas bamboleantes embutidas en faldas-cinturón que estrujan carnes que se mueven a ritmo de reggaeton, o de lo surrealista que es escuchar a Melody o desgañitarte cantando "Bamboleo" en un local de DC, el mismo en el que conocer Málaga te garantiza la entrada a la zona VIP.

Podría hablar de la ilusión que me hizo la visita de Paula, de la derrota estrepitosa de los blancos en un Lucky Bar azulgrana, de la tarta de Kramerbooks, de nuestras crónicas frente al Capitolio recortado sobre un cielo gris, de cómo la bombilla de los jueves en Millie's and Al's no se encendió por ser lunes.

Pero de nuevo, me bloqueo, aunque sin darme cuenta ya haya contado un poco de lo que no puedo contar. Algo paraliza el resto de palabras en mi mente, algo que apenas me atrevía a esperar y que, sin embargo, ha tardado tanto en llegar. Me espera en la plaza y promete justo eso, palabras. Y supongo que llegan cuando más las necesito: cuando todo lo que saben hacer las mías es describir cortinas.

Qué nos va a pasar - La Buena Vida

2 de mayo de 2009

Experimento



Aprovechando la inesperada visita de mi querida Pem, que en uno de sus geniales arranques de locura ha decidido expandir la paranoia porcina por DC, he decidido abandonar por un post el estilo (últimamente algo monótono) de mi blog para componer una entrada a dúo, un desvarío de los muchos que compartimos por videollamada y que tanto sirven cuando el distrito se me hace inmenso. Uno demasiado personal, quizá, pero no más que los anteriores.

Una copa de vino, una cámara de fotos (Photoshop o Paint, al gusto del usuario), y un párrafo cada una.

...estoy harta de ser como soy...

Hay días en los que me siento bien, elegida, especial, única... pero hay otros en los que me levanto y, conforme veo cómo me voy comportando, me caigo peor a mí misma y me arrepiento profundamente de ser como soy, tan sumamente TONTA, con mayúsculas (con lo inteligente que parezco a veces...).

Me entran ganas de dejar de pensar tanto en los demás, en las consecuencias que cada uno de mis actos tendrán sobre ellos, y pensar sólo en mi misma; conseguir ser totalmente libre, comportarme como tanta gente se comporta, con una sola meta en la mente: complacerme a mí misma.

Eso sería lo más inteligente, lo más cómodo, lo mejor para la estabilidad emocional... un mundo manejado por y para mí, con los demás siendo mis marionetas que se mueven a mi gusto. Pero no, no soy así.

No puedo conformarme con los sentimientos corrientes, siempre quiero y busco algo más y, claro, luego pasa lo que pasa: que el mundo no está a mi altura, que no estoy hecha para sentir cosas corrientes.

Y, metida en esa espiral de confusión, soy yo la que se convierte en marioneta. Lo que tenía clarísimo se desvanece y retrocedo hasta un punto que creía superado.

Y me caigo mal.

Si por un momento pudiera verme desde fuera, me daría cuenta de mi error garrafal. Intentaría gritarme, prevenirme, avisarme de todo lo que tengo que cambiar. Hasta darme cuenta de que no puedo obligarme a corregir el rumbo fatal que ya he tomado, y retirarme.

Pero, aunque también sea de las que les gusta escuchar más que hablar y me encante oír consejos de los demás, al final hago lo que me da la real gana, lo que dicta ya no se si mi corazón o la estupidez que siempre me acompaña.

Aunque sepa que está mal, aunque los demás me digan que está mal... nunca actúo en consecuencia de la lógica.

Y sé que eso me pasará factura. Y que debería pensar cada uno de mis actos con cuidado, para que representen lo que yo quiero y lo que a mi me conviene; en lugar de dejar que las cosas sigan su curso, con la estúpida esperanza de que me guíen hacia el mundo de las piruletas y algodones de azúcar.

Porque lo grave no es que no escuche los consejos ajenos, sino que mi propia opinión se convierta en un extra sin ninguna frase en el guión.

I wouldn't like me - Tegan & Sara

30 de abril de 2009

A mistake



La bombilla se enciende y el bar grita la letra de la canción que todos esperaban. Demasiada gente, y toda la cerveza en tu camiseta. Vuelves a tu asiento: los Celtics han perdido de nuevo.
Nada, no logras distraerte. Vale, por un(os) momento(s) te ha invadido la paranoia. No vayas más allá, no magnifiques las cosas. Cuando los acontecimientos se suceden a velocidad de vértigo, es normal sobrepasar los propios límites. Y más cuando siempre te contienes, cuando siempre haces lo correcto. Lo que tienes que hacer. Hasta que las palmadas en la espalda empiezan a ser molestas.
Y te das cuenta de que una locura, o una sucesión desenfrenada de locuras, es, seguramente, lo que necesitas ahora. Una serie de pasos en falso que darás sin pestañear, consciente de que vas directa al muro, convencida de que necesitas el impacto.

A mistake - Fiona Apple


21 de abril de 2009

Tren



Cuando la rutina empieza a colarse por todos los huecos que has olvidado cubrir, cuando los rostros que ves en el metro te parecen iguales todas las mañanas, como eran iguales los que encontrabas en Madrid; cuando puedes identificar el momento preciso en el que el megáfono exclamará "Doors opening, please step back to allow costumers to exit"; cuando cuentas los idénticos cuadrados que decoran la bóveda que cubre de forma idéntica todas las estaciones, poco antes de entrar en el vagón más cercano a las escaleras mecánicas y sentarte, esperando que transcurran las dos estaciones que te separan de tu destino, saboreando la única canción que te da tiempo a escuchar. Es entonces cuando algo interrumpe el ciclo, te despierta, rompe la espiral de pensamientos a la que tu mente ya se ha acostumbrado. Dos niños de no más de cuatro años y distinto color de piel muestran tímidamente sus sonrisas por encima del asiento de delante para después esconderse a toda prisa. Y basta con hacer un poco el tonto, dirigirles un pequeño gesto, para generar en ellos una rutina que rompe la tuya. Para empezar un juego de minutos, de los cinco que el tren tarda en llegar a tu estación, en el que se esconden y vuelven a buscar tu mirada segundos después. Y sus risas te reconcilian con la tuya. Y te ríes a carcajadas, sin importar quién mire. Sin importar nada, porque han cambiado tu día. En dos estaciones.

Train Song - Feist & Ben Gibbard

15 de abril de 2009

Abril



"Abril no es tan lluvioso en Madrid", pienso mientras abro el paraguas, que últimamente siempre me acompaña, y empiezo a notar la humedad en el pelo. En esta ciudad de clima loco, la gente se vuelve loca por los rayos de sol. Sale uno y sacan las chanclas, y plantan la mesita en el jardín. Aunque saben que al día siguiente lloverá de nuevo, y volverán a refunfuñar.

En cinco minutos estoy en Dupont Circle. Los días de sol, esta plaza redonda se llena de parejas haciendo picnic junto a los tulipanes, de ancianos jugando al ajedrez, de músicos tocando. Pero hoy estoy sola con la lluvia, y sé lo que toca. Guitarra acústica en mis cascos, y ensimismamiento profundo.

Si hoy hiciera sol, repetiría el plan del sábado pasado. Una buena conversación estirada en una tumbona, un paseo por el barrio más bonito de la ciudad, una cena junto a la piscina con una guitarra y buenos amigos. Aunque la mirada se dirigiera más allá del cantante emocionado, de la pareja feliz, del solitario cumpleañero.

Pero no hace sol, y nunca me ha importado menos. Las gotas hacen temblar el rojo de mi paraguas mientras espero, junto a la fuente de la plaza, uno de los tantos ritos por los que tenía que pasar este año, según mi plan original. Un plan para seguirlo sin pensar, sin reflexionar demasiado. Actuando. Y, rodeada sólo por los jardines y por la gente que atraviesa la plaza corriendo porque decidió salir de casa en chanclas, decido cerrar el paraguas.

Sky Blue Sky - Wilco


7 de abril de 2009

Juego



Una de mis compañeras de casa ha hecho una apuesta con una amiga suya. La que primero llegue al peso óptimo para exhibirse en biquini (los kilos exactos no los ha especificado) tendrá que invitar a la otra a cañas durante un mes. Así se obliga a ir al gimnasio, dice, porque es tan competitiva que no puede permitirse perder la apuesta.

No es la única. En este país, los juegos van muy en serio. Mucho. Y si, por un casual, una extranjera torpe decide unirse alegremente a un juego de equipo, la catástrofe es previsible. Yo lo sabía. Pero mi primera fiesta casera no iba a ser lo mismo si no aprendía a jugar a flipcup. Conseguir poner del revés un vaso de plástico con un golpe seco en la base, antes de que el siguiente del grupo pueda empezar a beber. Parecía sencillo. Pero una decena de intentos después, entre gritos de ánimo y desesperación, el vaso sigue sin querer cooperar. La mesa se va vaciando, y cuando quiero darme cuenta, sólo quedan los españoles. He conseguido que los yankees se rindan. Y no oculto mi orgullo: no creo que mucha gente pueda decir lo mismo.

Como si de una afición se tratara, intento prolongar mi ineptitud lúdica. Muestro interés en aprender a jugar a beerpong, pero los armarios que han venido al bar a ver las semifinales de la Final Four universitaria parecen anticipar que voy a fallar. Ellos se lo pierden.

El billar me espera, y este sí es un juego conocido, con reglas familiares, aunque lleve años sin jugar. Por supuesto, sé que voy a perder, pero esta vez la derrota no será estrepitosa. Salvaré mi dignidad.

Las bolas lisas van entrando, y pronto queda sólo la negra y todas las rayadas menos una, colada por mi contrincante en un error de cálculo. Patético. Mientras me río de mi misma y rememoro los fallos estelares, me permito confesarme que, esta vez, esperaba al menos un empate.

Preparo de nuevo la mesa, y me repito que esto no es lo mío. Pero ya es tarde: la competitividad yankee me ha contagiado. He entrado en el juego; y es inútil tratar de averiguar cuántas veces necesitaré errar el ángulo de disparo antes de darme cuenta de que, definitivamente, no estoy hecha para competir.

Segundo premio - Los Planetas